jueves, 10 de diciembre de 2009

La jornada fantástica

No sé exactamente qué pinto yo aquí, pero estoy convencido de que quiero abandonar este lugar lo antes posible.


El raciocinio, recurrimos a él para alejar miedos. Así que pienso: quizá necesitaba algo tan específico que me había motivado a entrar en estos grandes almacenes que tanto me horrorizan.


Pero aquí me encuentro –agobiado- sin haber comprado nada aún, deseando salir del edificio y sin saber qué es lo que busco.


No lo comprendo, vuelvo a pensar, porque ahora las cosas raras y difíciles de encontrar las adquiero vía internet...


Ignoro dónde está la salida, creo que entré por esa parte del edificio desde el aparcamiento, pero al llegar me doy cuenta de que no es este el lugar por el que vine, ya que al entrar vi artículos para bebés... quizá me encuentro en el lado opuesto del edificio.


Decido seguir las indicaciones de colores que hay en el suelo, siempre por los pasillos exteriores. Esporádicamente aparece algún letrero en el que pone "salida", pero no localizo ni una maldita escapatoria de aquel laberinto.


Este odioso edificio es enorme y sospecho que nunca llegaré al exterior.


Escaleras automáticas que suben, sección de moda y complementos, escaleras mecánicas que bajan, sección de perfumería. Aprovecho para ponerme –con generosidad- una muestra gratuita de la colonia más cara que encuentro.


Y venga a andar y a dar vueltas hasta que caigo en la cuenta de que estoy en el mismo sitio donde hace un rato pensé erróneamente que se encontraba la salida al parking. Y no he visto ninguna zona con artículos para bebés.


Desesperado, decido acercarme a un ventanal exterior. Entonces me entero de que no estoy en la planta baja como yo pensaba.


Nuevo plan: localizar unas escaleras, descender a la planta baja y desde allí a una salida en la calle... necesito respirar aire del exterior pero ya, demonios, se diría que en la ventilación del centro comercial aliñan el aire con algún gas que me atonta.


Consulto el reloj, tengo la sensación de que llego tarde a algo. Veo la hora en mi Casio digital clásico que compré en los chinos: las diecinueve setenta y ocho...


¿19:78? Pero qué puñetas, vuelvo a mirar mi muñeca y ahora indica que son las noventa y dos y cuarto. ¿92:15? Jodidos chinos, debió mojarse el reloj mientras me lavaba las manos. Y eso que pone "Water resist”...


Empieza a resbalar por mi frente un sudor frío, una angustia que me tensa. Necesito salir. Sigo las líneas de colores, como antes.


Algo más tranquilo ante la expectativa de mi nuevo plan, anticipo un poco lo siguiente: encontrar el coche. Porque tampoco estoy muy seguro de dónde lo dejé. Creo que está en la zona de color naranja, pero quizá estacioné en la roja. Sí o la naranja o la roja. Y la columna era la D, de eso estoy convencido... ¿o era la B? Y el número es capicúa e impar... sí, el 33 o el 55. ¿Acaso el 11? Maldición, pero qué diablos me sucede.


Los nervios, sí, tranquilízate. Mira, ahí está el estanco. Compro un paquete de tabaco, lo abro nerviosamente y doy una profunda calada a un cigarrillo. En seguida se presenta un guardia de seguridad a decirme que está prohibido fumar.


- Uh, perdón, lo he encendido automáticamente, sin pensar.


Me excuso ante el segurata que me escruta con desconfianza. Lleva un tricornio el tipo, qué raro, nunca he visto una compañía de seguridad que use tricornio.


Aprovechando que estoy ante la "autoridad" le pregunto si puede indicarme la salida para poder fumarme un pitillo. Con cara de pocos amigos empieza a darme unas largas explicaciones en las que pronto me pierdo, al principio comprendía sus farragosas indicaciones, pero llegó un momento en el que comenzó a hablar como el actor ese cómico al que no se le entendía nada de lo que hablaba hasta que acababa la frase y entonces se le oía gritar: "¡No hija no!"


Pienso que el guardia me está tomando el pelo y hasta me planteo presentar una queja, pero cómo voy a encontrar la oficina de las reclamaciones si soy incapaz de hallar la maldita salida.


Sigo caminando y dando vueltas como un bobo hasta que localizo las escaleras de bajada. ¡Al fin! Me dejo llevar hasta la planta baja, no sin cierta angustia porque en las escaleras mecánicas siempre tengo la sensación de que voy a calcular mal y voy a ser conducido hasta el infierno –en forma de zumo de carne- por aquel terrible agujero devorador de escalones. Doy un exagerado y ridículo saltito –que no pasa desapercibido a los demás clientes- para no ser engullido por las escaleras y me encuentro ya en la planta baja.

Me encamino por un pasillo cualquiera en mi azarosa búsqueda de una puerta que dé a la calle cuando me topo con la sección de libros, mi favorita. Ah, debió ser ese el motivo de mi llegada a este infierno, seguro que venía a por alguna novela que se me haya antojado leyendo el suplemento cultural del periódico. Me detengo a echar un ojo a los superventas. Bah, la misma basurilla de siempre. Me voy a las secciones más apartadas de la vista del público y allí me demoro curioseando.

Caigo en la cuenta de que he perdido la noción del tiempo, quizá lleve horas aquí husmeando entre las estanterías. Miro el reloj, pero la pantalla sigue indicando horas inexistentes.

Repentinamente sufro un preocupante mareo por el agotamiento de las horas que llevo aquí mirando libros y por la de vueltas que he dado por el edificio buscando la manera de escapar. Veo que enfrente a la librería tienen plantadas unas tiendas de campaña y decido meterme dentro de una de ellas, porque tengo la sensación de que voy a caer desmayado en cualquier momento.

Me acomodo boca arriba, estiro los músculos e intento relajarme respirando profundamente. Debió tener éxito mi intento, porque lo siguiente que sucede es que me despierto dentro de la canadiense y siento pavor porque no oigo el habitual bullicio de los centros comerciales. Asomo mi cabeza fuera y compruebo que, efectivamente, no hay nadie.

Y aquí me tienen: angustiado y solo de madrugada, atrapado en El Corte Inglés de Preciados.
Dado que todavía tengo sueño decido volver a la sección de libros, tomar prestado uno, leer un poco y volver a dormir hasta que abran por la mañana.

Al llegar allí alucino: ¡ahora todas las estanterías están ocupadas por el mismo libro!... la Biblia.

Supongo que se tratará de alguna campaña especial de Semana Santa o algo así, aunque juraría que estamos en noviembre... 

El caso es que me llevo un ejemplar de la Biblia a la tienda y me tumbo a leer. Abro una página caprichosamente por la parte del Antiguo Testamento (porque el Nuevo es un rollazo) y leo:
«Entonces llovió sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; Y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra. Entonces la mujer de Lot miró atrás, á espaldas de él, y se volvió estatua de sal

Vaya, recuerdo que de pequeño esta historia consiguió aterrarme.

Y como ya no me apetece pasar más miedo por hoy me levanto resuelto a asomarme al exterior por la cristalera para pedir ayuda. 

Maldita sea, ahora al fin veo la puerta de salida al exterior. Para mi desgracia no hay ningún guardia jurado, así que me voy hacia un amplio escaparate que da a la calle Preciados donde hay expuestos unos maniquíes.
Me quedo mirando lascivamente a una de las modelos que está verdaderamente conseguida. Dudo... pero como no hay nadie que me vea, decido tocarle un pecho a la maciza de fibra de vidrio.

En ese mismo instante me siento muy pesado, agarrotado. Me percato de que no puedo mover ni un músculo, ni un párpado. Sí, lo han adivinado, me he convertido en un maniquí más del escaparate.
Y desde entonces sigo aquí, día tras día, viendo a la gente pasear por la calle Preciados sin advertir mi tragedia.

0 comentarios:

| Top ↑ |