lunes, 23 de febrero de 2009

Confesiones de un suicida arrepentido

Sr. Juez




Aquí estoy de nuevo, señoría, redactando esta carta de madrugada, al igual que hice una madrugada hace sólo unos pocos meses.
En aquella ocasión le escribía para contarle con todo lujo de detalles los motivos que me conducían a suicidarme.


Usted nunca llegó a leer esa carta porque la destruí inmediatamente después de hacer un terrible ridículo al romperse el enganche en el que había sujetado la cuerda que debía servir para ahorcarme. Imagine la situación, con el cuello medio destrozado, con dificultad para respirar y dolorido por el costalazo de mis riñones contra el suelo en tan patética caída. Había puesto lo mejor de mi literatura en aquella carta, no sólo con ánimo de facilitar las pesquisas policiales, para que no buscaran asesinos que no existían, sino que también la escribí con ánimo de justificarme un poco ante el mundo, por salir de él de ese modo. Casi pedía disculpas por mi acto, pero quedaba clara en mi redacción que era para mí la menos mala de las salidas posibles ante mi situación, tras haber sufrido el descalabro amoroso del que era incapaz de recuperarme por más años que transcurrieran.


Yo estaba equivocado, señoría, lo reconozco sin ningún problema: estaba TOTALMENTE EQUIVOCADO.
Creía que aquel amor que perdí era algo insuperable, creía que aquella mujer era la más hermosa, creía que aquella mi pasión de entonces era la máxima de las pasiones que podían habitar en el alma humana, creía que aquella mi felicidad era la única felicidad plena alcanzable, creía que todo en aquella historia había sido excepcional, único, inimitable e irrepetible, creía y estaba convencido de que al haber perdido todo aquello la vida no merecía ser vivida, siempre a la sombra de aquellos insuperables tiempo pretéritos de felicidad, lamentándome por haber perdido el paraíso.


Pero, señoría, estaba equivocado.
Recuerdo en mis momentos de crisis, tratando de consolarme, de darme ánimos para seguir adelante, cómo fantaseaba intentando ponerme en alguna situación maravillosa, pensaba que me ganaba unos millones en la lotería, pero no era capaz de imaginarme siendo feliz con algo que el dinero pudiera comprar, porque no tendría aquello que realmente necesitaba, esa mujer a la que seguía amando y de la que perdí todo rastro y cualquier esperanza de reconciliación.
Mi impericia en el cálculo, mi torpeza, quizá el Destino, quién sabe, hicieron que mi intento de suicidio resultara ridículo y doloroso y no se llegó a consumar. Y así pude seguir vegetando una temporada más en un mundo en el que ya no creía.


Pero, señoría, el motivo de la presente es para comunicarle que ya no pienso en el suicidio como una salida, ni una alternativa siquiera y quiero que sepa que si alguna vez aparezco ahorcado... alguien me habrá asesinado, porque yo ahora estoy tan a gusto en el mundo que no me bajaría de él bajo ningún concepto.
Podría ser millonario y comprarme el mundo entero, pero ello no me iba a devolver la felicidad que perdí.
Así se explica mi desesperación y mi torpe pero meditado intento de suicidio.
Cómo iba a imaginar, señoría, que iba a conocer a alguien que iba a conseguir que todo aquello cambiase radicalmente. Cómo suponer que existiese en el mundo una persona capaz de anular por completo cualquier pasado, porque al conocerla sólo hay presente y futuro. Cómo sospechar que esa persona existe y que además se iba a fijar en mí. ¡En mí, señoría!. Le puedo asegurar que no soy nadie, lo que se dice nadie, y menos en comparación con esa persona, y sin embargo, señoría, se fijó en mí y buscó mi compañía.
No piense, señoría, que ella se ha enamorado de mí... no es eso, pero... está a mi lado y eso ya es recompensa suficiente. No espero más, con eso me conformo, con poder adorarla y seguir a su lado, disfrutar cada día de su humor, jugando juntos al juego de la vida. ¡Le debo tanto a ese mujer, señoría!.
En fin, señoría, a lo que iba: que si viene usted a levantar mi cadáver alguna vez, fíjese bien en todo en la escena del crimen, porque yo no tengo intención alguna de suicidarme, busque usted bien, señoría, las huellas dactilares en mi apartamento, a ver si aparecen por ahí las del marido de esa persona maravillosa.

1 comentarios:

GatoFénix dijo...

Jajajajajaja
¡Muy bueno!

GatoFénix

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